Tito Drago, junto a los otros dos grandes: “Vides” Mosquera y “Caricho” Guzmán

Tito Drago, junto a los otros dos grandes: “Vides” Mosquera y “Caricho” Guzmán

Este es un artículo dedicado a un GRANDE del fútbol, e Ídolo viviente del Deportivo Municipal: Roberto “Tito” Drago.  Fue publicado el 12 de Enero de 2003, en el diario El Comercio por el periodista Carlos Univazo, hoy en Ovación.

 

Fue lo más grande que tuvo el equipo de la Franja Roja. De aquellos que ya no aparecen más porque el tiempo avanza, el mundo también y para ser como él, el fútbol tendría que ser menos mercantil, más de carne y hueso y, por tanto, una forma de vivir más espontánea y sencilla.

El pequeño hombre que conversa con nosotros no hubiera sido futbolista si fuese nuestro contemporáneo.

Tiene una mirada muy vivaz y ese lenguaje propio de los criollos de antaño que nos resulta tan simpático que parece uno de esos personajes creados por el ameno Ricardo Palma y revestidos de picardía sana. Un don que el buen Tito Drago conserva intacto.

«Estoy alejado del Muni porque no siento el calor de la gente antigua, del verdadero Municipal -nos dice con convicción-. Yo guardo recuerdos imborrables como esa vez cuando le ganamos a Botafogo. Me acuerdo del gol que le hicimos con cinco toques a la pelota sin que caiga al piso. Eso ya no se ve. En mis tiempos les ganábamos a los mejores del mundo. Municipal es un club con mucho carisma, con mucha afición, solo falta que venga alguien con billete y se acabó. La vez pasada, y esto es firme, un señor me abrazó y se puso a llorar. Se acordaba de un partido que le ganamos a Boca Juniors».

Drago tiene el rostro, los gestos, de un niño pero con arrugas. Nos cuenta sus anécdotas con precisiones impensadas. Desmiente una de las más famosas que dice a la letra que Tito se hacía expulsar de los partidos para irse al hipódromo a apostar por algún caballo fijo.

«Eso es cuento. Una sola vez pasó. Lo que ocurre es que en esa ocasión expulsaron también a ‘Toto’ Terry, a quien también le gustaba la hípica y nos encontraron más tarde en el hipódromo, y de allí se hizo la fábula. Pero eso de que Mr. Dean (un árbitro de la época) estaba en combinación conmigo es falso. Eso sí, era mi amigo. Una vez jugábamos un amistoso con un equipo yugoslavo y estábamos perdiendo 0-1. Entonces, en una de esas, pasa por mi lado y me dice que se tire uno de nuestro equipo en el área que él cobraría penal. Y así fue, se tira Montalvo y listo. Empatamos 1-1».

Municipal fue su vida, la institución donde se consagró. Llego el año 1940 gracias al gran «Caricho» Guzmán. En 1943 jugó al lado de Sacco, los hermanos Enrique y Agapito Perales, Cabrejos, Teobaldo Guzmán, Andrade, Celli, Cazallo, Morales.

Entre el 53 y 57 integró la selección donde también dejó su huella en el mediocampo. «Lo que pasa es que tenía al lado grandes jugadores. Igual en la selección. Terry, por ejemplo, era un gran vivo. Cuando yo iba a dar un pase, él pasaba por mi espalda, me adivinaba la jugada y todos decían «¡qué tal pase!», pero el mérito era del que recibía, no mío».

«Jugué hasta los 42 años -evoca- y pude haber seguido un tiempo más, te juro. Me fui porque me di cuenta de que el fútbol se venía abajo. No hay semilleros, no hay estructura. Por eso me alejé. Mira, yo me divertí mucho en el fútbol. Hice de todo, hasta de árbitro y en el extranjero. Estábamos con el Municipal en un cuadrangular en Ecuador y jugamos el preliminar y para el partido de fondo entre Quito y Guayaquil no había árbitro porque al designado le habían volado un ojo. Así que hablaron conmigo. Perfecto, dije, me vestí junto con Felandro y Allen que también jugaban en el Muni, para hacer la terna. Cuarenta mil personas en el estadio y yo dirigiendo. Eso sí, yo reuní a los jugadores en el centro del campo antes de empezar y les dije: «Miren, pórtense bien y déjense de andar metiendo patadas porque a la primera que pase, me voy y se quedan solos con toda esta gente que les va a sacar la michi. Al final sacamos adelante el partido, se portaron bien los negritos».

Tiene pinta de gloria de la ‘U’, habla como si fuera una leyenda del Alianza, pero tiene la solvencia de quien ha asegurado su carrera en Cristal. No jugó en ninguno de ellos pero guarda el perfil del limeño promedio de antaño: Hablar fluido, una interjección de picardía entre frase y frase y una educación perceptible durante la charla, sutilezas que hoy escasean entre nuestros futbolistas.

Es Tito Drago, un hombre entero pese a los años. Un deleite del buen conversar. Un jugador que nunca más se repetirá.

Carlos Univazo

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